"Caminante, no hay camino, se hace camino al andar". Para muchos de nosotros, esta parte del famoso poema de Antonio Machado ha sido una especie de mantra o enseñanza para la vida. En múltiples circunstancias hemos tenido que aceptar que nuestra inexperiencia y la incapacidad de controlarlo todo nos han llevado a momentos distintos de nuestra vida.
¿Quién podría pensar que una frase tan poderosa, que luego inmortalizó Serrat en su canción Cantares, podría utilizarse como alegoría casi definitoria de lo que es una transición política?
Porque cuando escuchamos el término pensamos en un concepto académico, algo que se estudia en las escuelas de ciencias políticas y cuyos análisis a posteriori son, en gran medida, muy metodológicos.
Sin embargo, viene Machado, un siglo después, con el caso venezolano, a enseñarnos que la vida misma es más compleja. Porque las transiciones políticas no son lineales, sino todo lo contrario, hay que atravesarlas sin saber con qué te vas a encontrar al final.
Nadie habría podido imaginar que Maduro sería capturado y enjuiciado en Estados Unidos, con un acuerdo petrolero en el medio y Donald Trump elogiando a Delcy Rodríguez, mientras informes de la ONU siguen expresando una dura represión política en Venezuela.Suena hasta contradictorio todo lo que acaban de leer, pero no deja de ser cierto, y debe ser todo un reto explicarlo a alguien completamente ajeno a Venezuela. De hecho, hace 40 años, O'Donnell y Schmitter —fundadores del campo del análisis de transiciones políticas— lo advirtieron dentro de su tesis central: las transiciones son, en esencia, una cronología de incertidumbre y decisiones improvisadas. Por lo que podríamos esperar que todo lo que falta por suceder será igual de extraño y sorprendente en igual o mayor medida que lo ya acontecido. ¿Lo más anti intuitivo de este asunto? Los actores más influyentes de la transición también son afectados por sus vaivenes: ningún actor toma sus decisiones con información completa y certera. Es un constante ensayo y error.
A partir de allí, es natural comprender que los venezolanos —incluido el servidor que escribe este artículo— sintamos rabia, confusión, insatisfacción y una constante ansiedad sobre lo que va a pasar o no mañana con nuestro país.
Es por todas esas emociones que debemos internalizar lo siguiente: nadie puede saber qué va a suceder con Venezuela mañana, en tres meses o el siguiente año.
Lo que sí podemos hacer, y como también hacen todos los actores en un momento tan complejo, es intentar dirigir ese andar hacia los objetivos que nos interesan como colectivo. En este caso, un país libre, desarrollado y justo para sus ciudadanos.
Lo anterior es especialmente importante, porque si una transición no tiene un final estructurado, puede terminar con un Estado venezolano peor para sus ciudadanos.
De nada sirve que, como suerte del destino, la transición venezolana llegue a un puerto aparentemente democrático, porque bastará la primera crisis institucional para que las fisuras que no se repararon a tiempo dejen entrever que nuevamente podemos ceder ante el autoritarismo.
Ese es uno de los mayores peligros de las transiciones, algo que Linz y Stepan conceptualizaron en Problems of Democratic Transition and Consolidation (1996): consolidar una democracia tras una transición autoritaria puede ser tan difícil como la transición en sí misma.
Si bien se ha citado el caso español o chileno como éxito para ejemplificar cómo puede terminar Venezuela, también podemos correr la misma suerte que una Rusia postsoviética. En todos los casos hubo permanencia de fuerzas de los regímenes anteriores: en los casos de éxito, esas fuerzas fueron cediendo paso a nuevas élites de poder; en el caso ruso, en cambio, transformaron un sistema de partido único en una oligarquía. Ingredientes parecidos, resultados exponencialmente opuestos.
¿Suena agotador pensar en consolidar cuando todavía no hemos dejado de transitar? Sí, lo es, y de hecho por eso se hace necesaria la participación de todos los sectores civiles, porque el trabajo en conjunto y el reconocimiento de intereses y necesidades colectivos es lo único que puede fortalecer una casa que apenas se está reconstruyendo.
Los ciudadanos venezolanos no podemos ser ajenos a lo que sucede en nuestro país. También somos responsables y necesarios para dirigir el rumbo que necesitamos, y por fortuna tenemos herramientas disponibles y actualizadas que podemos emplear: el internet como forma de comunicar y organizarnos, las ONG que hacen control y desarrollan diferentes proyectos, las reuniones de vecinos que buscan soluciones a sus problemas más próximos.
No es un trabajo panaceico, no existe una solución definitiva: es el conjunto de hechos pequeños que, sumados, definen el rumbo de la transición. Pero, así como se debe internalizar la incertidumbre, también hay que actuar sobre ella, de lo contrario otros actores tomarán esos espacios de decisión, y su cúmulo de intereses puede que no coincida con los de los ciudadanos venezolanos.
